Entrevista a Fernando Arocena, guitarrista de La Bohemia
CUANDO LA MÚSICA SE TERMINE
Laburo todo el día pegado a una
silla y me pide que espere sentado,
dice Fernando. Resignado, esboza una sonrisa cómplice y toma asiento. Fernando
Arocena parece un oficinista acongojado, quejoso de las horas de trabajo, de la
rutina. El dueño de la rotisería le responde que por más que camine de un lado
para el otro, el tiempo no va a pasar más
rápido. Veinte minutos después levantamos el pedido, subimos a la camioneta
y regresamos a la casa. Acordamos la entrevista al final de la jornada, a las
nueve de la noche, después del último alumno, cuando ya no queda nadie. Salvo
Capo, el gato.
Van
dos o tres encuentros y entre copa y copa de grapamiel, Fernando, Nano para
casi todos, responde cada una de las preguntas de un cuestionario sin mucha
forma. La copa nunca queda sin sustancia, nunca queda vacía. Atento como un
perro de caza, ve las últimas gotas que acarician el fondo del vaso y agarra la
botella, la destapa y sirve. Acomoda un banco, apaga la cantora y se acomoda
detrás del mostrador. La poca luz del lugar baja de unos tubos rojos que forman
un tridente y recorren la madera barnizada de la barra. En la base de la
estantería, un destello verde de neón ilumina las botellas y un escudo de
Wanderers. En esta ocasión toca la del Pirata, una grapamiel de procedencia
desconocida y etiqueta poco amigable.
Nano
es músico. Hace lo que le gusta y le da para vivir. El primero que lo escuchó
rasgar la guitarra fue Gato, el gato que hoy duerme bajo los cimientos de la
casa que construyó con sus propias manos. La conversación comienza con una
pregunta simple: “¿qué te gusta?”. Antes de consultarlo, pensé en algunos
testimonios con los que me topé alguna vez. Para Pablo Milanés la música es el
motor de la vida, lo que lo hace feliz. En una entrevista, Hernán Casciari contestó
que el amor mueve todas las cosas; le da vida a los proyectos. Le pregunté a
Fernando qué pensaba. Se tomó su tiempo y contestó. Por no pertenecer a una familia de músicos no empecé a estudiar
guitarra de chico. Pero había algo que me llevaba. Y me preguntaba: “¿podré
hacer esto?”. Los grandes virtuosos daban conciertos a los cinco años y a los
siete ya tocaban mejor que cualquier músico de conservatorio. Ibrahim Ferrer
dice que uno es músico a partir de que una canción lo haga llorar. No en el sentido
de que ves algo y llorás. No. Esto va
más allá del fanatismo por un artista o una canción…esto es cuando la
música te lleva más allá, cuando te hace
vibrar, una letra, un acorde que no sabés qué es pero escuchás una sonoridad
que se te clava en el pecho. Cuando
toco no quiero mostrar lo que estudié, trato de tocar esas tres notas que
puedan comunicar algo; pero ni yo sé qué es ese algo.
Fernando
está hecho de deseo, es un creador nato, nada parece detenerlo. Por
suerte hay cosas que todavía no sé si me gustan o no. Me gusta ver el fruto del
trabajo y lo que realmente surge de
uno. Sueño con tener una familia.
Te puedo contar mil cosas que me gustan,
pero no aportan nada. Lo que sí está bueno es que algo que te guste pueda
contagiar. Precisamente, le jode la gente que no contagia. No es tan fácil de explicar, comenta. Es esa gente que no se quiere, que no tira
para adelante… que no trata de intercambiar lo poco o mucho que sepa. La gente
que no quiere progresar, se complementa.
No tiene nada ver con lo que hagas o a lo que te dediques, lo bueno es que
puedas disfrutar de eso e intercambiarlo con otro sin generar celos o rencores.
La gente que habla de esto de la boca para afuera me molesta. “El honor, la
igualdad ante Dios” o quién sea, se llenan la boca y después no te dan una
mano. Cuando entra la hipocresía de por medio ahí no va, remata con
determinación.
Nano
ocupa sus horas dando clases de guitarra, estudiando en la Escuela
Universitaria de Música, tocando en un dúo o con una banda de jazz; entre otras
actividades. Hace poco tiempo instaló un estudio de grabación y creó una
atmósfera, un espacio en el que la música florece sin vergüenza. Predominan el
verde, el pasto, las plantas, un par de naranjos, unas hamacas viejas y el gato
que deambula por el jardín. Hugo Fattoruso, fascinado, grabó en este mismo
lugar. Contagiar, de eso se trata. Larbanois
visitó la academia y les contó a los alumnos la importancia de plantarse en el
escenario, sacar pecho, tocar y olvidarse de todo lo demás. En otra
oportunidad, Fernando Torrado cayó con la guitarra y repasó la historia de la
bossa, improvisó y endulzó la noche con auténticos himnos del género. A pesar
de todo, Nano aclara: Mucha gente que me
conoce hace años dice “mirá…tiene una academia, da clases”. Eso hoy está y
mañana no. El progreso lo veo en la gente que se contagia.
No
cree que la música sea buena o mala. La
música cumple una función y es llegarte, sentencia. Podés decir que la cumbia es una porquería, pero si a alguien le
gusta ya está. Pila de veces me han invitado a escuelas carenciadas y vamos con
el dúo. Por ahí, nos miran como si fuésemos extraterrestres. Les decimos: “vamos
a tocar una pieza de Alfredo Zitarrosa”. Nos gritan, nos piden que no toquemos
más. Después, cuando terminamos te lo agradecen de corazón. Ahí es cuando te
das cuenta de que creaste un efecto que no es inmediato. Y te preguntas por qué.
A
su modo de ver, el músico tiene una forma distinta de ser, pero aclara al
instante: no te digo que sea mejor ni
peor, pero la cabeza viaja de otra manera. “¿Cómo piensa el músico?”,
replico. Suspira, se reclina y medita. Convivo
todas las noches con músicos en la sala, en las grabaciones y es un viaje
distinto. Creo que es el humor; lo sarcástico, lo irónico… colgarse en el
pasado, repetir un chiste todo el día y cagarse de risa. Ser músico tiene mucho
de ficción. Se lo relaciona con la vida fácil, el tipo que toca la guitarra y
levanta minas como loco. Eso no es verdad. En el noventa por ciento de los
casos el músico es un loco que pasa el tiempo golpeando puertas. Lo único que
hace es estudiar y golpear puertas. Los que llegan más arriba son los que estaban
en el momento en que tenían que estar. Alguna vez hablé con Hugo Fatorusso y me
decía eso: “tuve la suerte de estar en el momento en que había que estar”.
Claro, tiene su cuota de virtuosismo, pero hay mucho trabajo. Si en la Escuela
de Música quieren sacar virtuosos, de cien van a sacar noventa y nueve
frustrados, concluye.
La
noche que hablamos sobre el pasado, la infancia, los primeros años, apagué el
grabador y le comenté que llevábamos dos horas de entrevista. En realidad
fueron veintidós minutos, el grabador me jugó una mala pasada, todavía no le
saqué la ficha. Sin embargo, compartió esa sensación de que la charla duró dos
horas. De todos modos, cuando habló sobre la adolescencia fue tajante: fue espectacular, tuve pocas preocupaciones
y me divertí mucho. Creció en Carrasco, barrio donde pasó casi toda la vida
salvo cuando viajó a España. En la casa convivió con los padres, sus dos
hermanos, la abuela y el tío. Con mi tío
tuve una especie de arraigo especial. Era divorciado, banquero. En cambio, mi
viejo estaba como por fuera. Es una persona de campo, es cerrado, muy
estructurado. Nunca lo entendí mucho. Y encima siempre estaba afuera… como que
mi tío estuvo más ahí. “¿Sentís que tu viejo está en deuda?”, pregunté. Se ríe y contesta: No, pero mi vieja se encargaba de todo. Él estaba ahí a su manera. Es
difícil de explicar. Es una espina que está ahí, un conflicto; ahora, un
conflicto con el que vivo siempre, pero ya está, como que ya pasó. Tengo 33
años, me dedico a lo que quiero y lo puedo hacer.
La
primera guitarra se la regaló su vieja a los quince años. En casa había una guitarra guardada en un ropero con un estuche de
madera; era de mi vieja. Pasaba, la miraba y a veces la tocaba. Una guitarra
criolla. Pasaron más de quince años y todavía la atesora. Es una joya, es
la primera y no la vende por nada del mundo. La madera está desgastada,
oscurecida y el sonido es opaco, apagado. El clavijero está cubierto de polvo,
y las perillas desteñidas, amarillentas. Aprendió a tocar la guitarra mirando a
los hermanos, a los amigos, con la curiosidad propia del autodidacta. Tenía amigos que iban a clases y de alguna
manera ellos me enseñaban lo que aprendían. Cuando recién empecé identificaba
los trastes por orden alfabético: el primero era el “a”, el segundo el “b” y
así con los demás. Era un quilombo, cuando llegaba al “k” ya no sabía qué
hacer. Para escribir música escribía redacciones (ríe).
Añora
las tardes en que escuchaba tango junto a su tío. Sin embargo, no tuvo un
mentor, un guía, alguien que le dijera “escuchá esto o escuchá esto otro”, algo
que ahora sí hace con los alumnos. Le pregunté cómo se acercó a la música. A los golpes. Al no tener nada servido en
bandeja todo me llegó insistiendo y dándome contra todo. Es algo que tengo. Tal
vez, es un defecto: ser perseverante. Esto me llena el alma. Si hubiese sido lo
que mi familia esperaba seguramente estaría mejor. Igual, esto me llena por
dentro y no es material. Eso es difícil de hacérselo entender a alguien.
“¿Por
qué elegiste la música?”, le pregunto. Si
la pregunta es por qué me gusta tocar la guitarra, te diría que hay un
lenguaje, hay cosas que solo pueden decir a través de la música. Una guitarra
te está contando una historia, te está contando una región, un paisaje, una
vivencia. Hay música que te transporta a un lugar, que te cuenta un cuento. Hay
gente que no tiene esa sensibilidad. La curiosidad por tener eso en mis manos,
ese estado de alegría, de tristeza, de melancolía: eso me lleva a ser músico.
Al
terminar el liceo tuvo que decidir qué hacer de su vida. La predilección por la
guitarra, el gusto por la música, el futuro incierto que, según sus padres, prometía
esa vida, generó discordia en su casa. Esta etapa, la adolescencia, entrados
los veinte, giró en torno a la evasión, al choque con sus padres al punto de
que viajó a España. Resume la primera experiencia así: Vivía en otro país, conociendo gente, salía de noche, vivía de arriba.
No aportaba nada, solo rompía las bolas. Salía todas las noches. No salí a
tocar, estudiaba porque sentía que no estaba preparado. Estaba en un sueño: me
dedicaba a estudiar y encima me bancaban. El fallecimiento de su abuela le
pegó duro; en ese momento, coincidió que tenía un amigo viviendo en España y no
dudó: se fue. Un año después, al regreso, entró a la Facultad de Economía. En
parte, cumplía con el mandato familiar, seguir una “carrera” seria, garante de prosperidad
y buen pasar, cosa que Nano siempre cuestionó.
Estuve dos años. Aprobé el primero
y cursé parte del segundo hasta que hubo un paro importante de seis meses. Fue
allá por el 2000 o 2001. A mí no me importaba toda esa
situación, el paro, la disconformidad. Así que junté algo de guita… justo en
esa época muere mi tío y me fui. Le dije a mí vieja: “yo me voy y no vuelvo; me
voy a estudiar”. Y reafirma: agarré ropa, la guitarra y dije “no vuelvo”. Aislado, lejos del
Uruguay en todo sentido, estuvo tocando medio año y se ganó el plato de comida
por mérito propio. Llegó el momento de enfrentar la realidad y decidir si me quedaba
definitivamente, de pasar esa línea y no volver más. Había estado un tiempo
tocando y conociendo gente; ahora cobraba pero me estaba escapando.
Seguimos
hablando sobre la segunda experiencia, la segunda estadía en España. “¿Te pasó
en algún momento de decir ´qué hago acá´?”, pregunté. Me acuerdo de un rumano que estaba bravísimo. Cada músico tenía
asignado su lugar para tocar. Y yo a veces iba y me sacaba corriendo,
comenta, y noto que se le dibuja una sonrisa en la cara. En el metro me colgaba tocando y me quedaba horas… un día cayeron dos
africanos salidos como del Harlem, se me pusieron enfrente mientras tocaba un
minueto de Bach, me empujaban y yo seguí tocando. Miraba para abajo. No paré de
tocar. Recé y me dije: “estos locos me limpian”. Se me caían las lágrimas.
Todas esas vivencias me hicieron darme cuenta de que me estaba metiendo en una
que ni yo sabía, reflexionó. Pasó
el tiempo y en menos de un año volvió. Los padres creyeron, por así decir, que
esta era la oportunidad para seguir el “camino recto”, retomar Economía y
liquidar la carrera.
Nada
fue fácil, nada fue previsible. Siguió sin dar el brazo a torcer; plenamente convencido
de lo que quería forjó un proyecto sin contornos pero con una voluntad
insaciable. Enseguida me metí en lo mío. Quise grabar
demos: un demo para pubs y restaurantes; otro para misas. Los fines de semana tocaba guitarra clásica
en las misas de la iglesia Stella Maris, de Carrasco; piezas de Bach. Entre
semana pasaba entretenido estudiando para mi “concierto” en la iglesia. Y lo
que pasó fue que hasta el cura me echó (ríe)…pero a su vez, les caí bien a las viejas porque un guacho chico iba a
tocar para ellas. Me decían: “gracias por venir mijito, te queremos mucho”.
También hubo un bar que me apadrinó, me agarraron un cariño especial, un
bolichito frente al IAVA (Nat Capiloncho). Era un buen lugar para tocar y me pagaban. Entonces sentía como que
tenía cosas para hacer. Con la plata que junté me compré dos parlantes y una
potencia. La idea era pasar música en cumpleaños, donde fuera.
Nano
es consciente de los objetivos, adónde quiere llegar cueste lo que cueste: Hay algo que tengo claro: si las cosas no
salen acá saldrán en otro lado. Las ideas que tengo no sé cómo van a ser. La
forma de las cosas la va a dar el tiempo.
Ante
el agobio, la presión de los padres y la disconformidad que percibía, consideró
juntar toda la plata que pudiera para hacer la casa, peso a peso, ladrillo a
ladrillo. Coincidió la crisis de 2002 y
explotó el dólar. La gente estaba desesperada por laburar. Tenía una plata, empecé
a moverme. Mi viejo tenía el contacto de un
albañil que le había hecho la casa en Masoller, una casita así nomás, como
esta. En medio de la desesperación, de si me quedaba en lo de mis viejos o iba
a buscar otro lugar, si iba a dar clases o conseguir otro laburo, sin saber qué
carajo iba a pasar, me acordé del albañil. Lo llamé. Se vino desde Tacuarembó
con un balde, una pala y nada más.
El
plano de la casa fue diseñado por Fernando, un
dibujito, una casa que ni siquiera tenía cocina y al día de hoy tampoco la tiene. Quería tener un lugar donde dormir, un baño,
una sala para dar clases, nada más. Estuve ocho años cocinándome afuera, a
fuego, porque no tenía cocina. Lavaba los platos en el baño. Las mismas
manos que ejecutaban acordes en la guitarra criolla ahora pasaban por el barro,
el cemento, el polvo de ladrillo. El terreno que utilizó fue el fondo de la
casa donde vivió con sus viejos. Llamé a
un amigo e hicimos de peones. Invadido por la curiosidad le comenté si no
le parecía fuerte que un guitarrista, esclavo de sus manos, construyera su
propia casa, sometido al rigor de la construcción, el trabajo físico. Fernando está hecho de deseo, es un creador
nato, nada parece detenerlo. No me importó
nada, contestó. Aprendí desde cómo
hacer la mezcla hasta para qué sirve el hidrófugo, qué diferencia tiene que
tener un ladrillo de otro cuando empezás a levantar una pared, qué trato le
tenés que dar; cómo lograr el nivel para hacer el piso. Compré todos los
materiales, me recorrí todas las barracas de Montevideo en busca del mejor
precio. El padre de mi primer alumno es arquitecto, entonces le pedí el favor
de que me comprara los materiales porque tenía un descuento especial. Me dio
tremenda mano.
Comenzó
a dar clase en esa misma época. Al principio, contó con seis o siete alumnos,
pero el número no crecía. Pasaba un año y solo incorporaba uno o dos a lo
sumo. Antes de eso pasó algo que hoy lo considero totalmente positivo, pero
que en su momento fue negativo: me ofrecí a dar clases de guitarra en el liceo
al que había ido de chico. Estaba desesperado, no tenía ni un alumno, capaz que
dos o tres, pasaba un año y tenía dos más. Me presenté y dije “soy estudiante
de guitarra, quiero dar clases de guitarra”. Armé un proyecto para darle clases
a los pibes de primaria, como un curso opcional, extracurricular. Fui con un
cura irlandés que estudiaba flauta: le había comentado la idea y le propuse si
quería dar un taller de flauta y guitarra en el colegio. Si entraba por medio
del cura era seguro que iban a aceptar. Al final nos aceptaron. Me dijeron que
el primer año no iban a poder pagarme, pero que la idea les gustaba. Les
contesté que lo hacía igual, que después veíamos. “¿Con un irlandés?”, pregunté.
Sí. Le regalé una guitarra, le enseñé a
tocar. Después se copó a tocar conmigo, ensayábamos música irlandesa. Yo, que
tocaba en casamientos, le ofrecía al que me contrataba un combo: podía tocar
guitarra clásica o traía a un irlandés que tocaba las típicas canciones
irlandesas. Empecé a dar clases en el colegio. De repente me encontré con que
tenía clases de treinta alumnos. Es verdad, no cobraba pero había treinta niños
que me conocían.
Las
cosas parecían marchar: la casa cobró forma de a poco, el proceso de
construcción nunca se interrumpió, daba clases. Sin embargo, la depresión era total. Sentía bien de cerca
la presión de que en mi casa me iban a echar. No podía estudiar guitarra
solamente, tenía que estar en actividad. Una vez pasado el primer año de
clases en el taller, inició el segundo: Al
año y medio presenté una carta para regularizar la situación. Me contestaron
que la situación los incomodaba pero que no podían pagarme, me pidieron otro
año más para que diera clases gratis. Estamos hablando de un colegio muy grande
de Carrasco. ¿No podés pagarme aunque sea mil pesos por mes? Cualquier cosa,
pero dame lo que sea. Le comentó su situación al cura del liceo. Pegó el grito en el cielo. Se armó tremendo
revuelo. Me llamaron, me trataron como un perro, me dieron un papel para firmar
y me dieron unos mangos. “Muchas gracias por todo, andáte”.
“¿Qué
hiciste con la plata?”, pregunté enseguida. Eran
como diez mil pesos, muchísima plata, me acuerdo de que cuando agarré el cheque
y salí del colegio se me caían las lágrimas porque se lo quería romper en la
cara. Se hace un silencio. Si no
agarraba el cheque no podía seguir con la casa. Lo bueno es que de esa
experiencia quedaron alumnos que al día de hoy siguen viniendo a clase. La
necesidad de tener que percibir ingresos, de tener que dar clases lo llevó a
otro nivel, a querer aprender cada vez más. Los
conocimientos me estaban comiendo, quería dar más pero no me sentía seguro. Hoy
pienso cómo daba clases con las armas que tenía y me siento un hijo de puta,
confiesa. Pero yo contagiaba la música.
En
medio de este proceso tambaleante Nano dedicó parte de su tiempo a componer. Para
componer, para pasar el rato, lee (entre otros textos) biografías sobre
músicos. Lo interesante es saber qué
hacía el músico aparte de componer. Quiero saber qué más hizo, qué es lo que
piensa, qué es lo que hace. Casi sin querer, Nano abre una puerta que
esconde algo extremadamente personal: También
escribo mucho y algo tiene que ver con esto. Escribo cosas sobre lo que me
parece tal cosa, que son como pequeñas fotos del momento que vivo. Escribía
en un cuaderno, aunque desde hace un tiempo lo dejó de hacer. Cuando tenía trece años escribía lo que
hacía en el día. Estaba bueno. Hoy miro eso y tengo el registro de diez años de
mi vida. En su momento me cansó y me aburrió. De a poco empecé a escribir fragmentos
con títulos: “Vamo´ arriba”, por ejemplo. Después del título escribía algo y
chau. “Palo y palo”; lo mismo.
No
lee seguido ese cuaderno; probablemente la última vez que lo abrió fue este año
pero no recuerda con claridad. Los más cercanos pudieron leer esas líneas.
No
lo comparto con todo el mundo. Son cosas muy de adentro. La idea es transformar
ese cuento en música.
Recordé
la expresión “contagiar”. En Nano es recurrente, lo deja entrever cada vez que
puede. Las acciones, lo que hace, el cómo vive responde a ese mandato. “¿Cómo
contagias vos?”, le pregunté. Siempre hablo
de la palabra “huella”. Cuando escribo, esa es una de las palabras que más se
repite. Otra frase que escribí está relacionada con los colores, “vivir una
vida en colores”. Vivir una vida que tenga colores. Que el lugar con el que te
sientas a gusto; capaz que tengo algo de los gatos, que son territoriales, que
tengas un lugar en el que te sientas bien y que dejes una huella. La
resurrección de las cosas se da en la huella que dejes. Hay gente que ya no
está en este mundo pero que está viva porque dejó la huella y la tengo yo. No
se fueron, están acá. Lo que siempre trato de hacer con los discos, las piezas,
las letras, las charlas interminables, lo poco o mucho que viví, es hablarlo
para dejar una huella.
Nano
tiene dos huellas grabadas a fuego:
su abuela y su tío. “¿Qué te dejaron?”, pregunté con cierta inocencia. No puedo decir “me dejaron esto o lo otro”.
Me dejaron algo complicado de explicar, pero es ser yo mismo. Decir y hacer lo
que pienso, no bancarme las cosas porque sí. Me dejaron la
fuerza para pelear, la fuerza que te puede dejar el recuerdo de una sonrisa.
Acordarte de un rostro y decir “lo voy a hacer por esto”, lo voy a hacer porque
hay algo sincero que te tira para adelante, lo hacés propio y queda como
estandarte. ¿El recuerdo de una sonrisa te da para pelear? Sí. No me dejaron plata, nada material… de mi
tío tengo una lámpara y de mi abuela tengo un abrecartas.
“Entiendo.
El valor no está en el objeto, sino en lo que te provoca, ¿no?”, sugerí. A veces le cuento a mi vieja, cuando está de
bajón y me habla de su hermano, de su madre… y le digo “¿sabés lo que me pasa a
mí?”, yo me junto con ellos cuando estoy tocando. Cuando estoy tocando, muchas
veces, me pongo nervioso… pero entro en un clima que me lleva al cuarto de mi
casa donde tocaba ante mi abuela. Ella fue la primera que me pagó las clases de
guitarra, iba a mi cuarto y me pedía que tocara algo. Tocaba las piezas; me
acuerdo de la cara de ella, sentada en un sillón verde y me miraba, no decía
nada, solo me miraba y se reía. En los conciertos cierro los ojos y me
transporto a ese momento. Ya fue, no hay nadie más. Puedo estar en lugar lleno
de gente que no me da bola, pero se acabó. Eso es una huella de la puta madre.
Cuando estoy tocando me da paz. Termina el concierto, aplauden, doy gracias a
Dios porque de esto hago mi vida. No sé cómo agradecer que mi vida sea esto.
Ahora
sí, el vaso ya no tiene grapamiel. Liquidamos la botella y el pirata naufraga
en la desazón. La próxima charla hablaremos del amor, de las mujeres, de
fútbol, de rock, de la torta de naranja que cocina el Garfio.
Escuchá material de La Bohemia
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