10.12.13

FERNANDO AROCENA

Entrevista a Fernando Arocena, guitarrista de La Bohemia

CUANDO LA MÚSICA SE TERMINE

Laburo todo el día pegado a una silla y me pide que espere sentado, dice Fernando. Resignado, esboza una sonrisa cómplice y toma asiento. Fernando Arocena parece un oficinista acongojado, quejoso de las horas de trabajo, de la rutina. El dueño de la rotisería le responde que por más que camine de un lado para el otro, el tiempo no va a pasar más rápido. Veinte minutos después levantamos el pedido, subimos a la camioneta y regresamos a la casa. Acordamos la entrevista al final de la jornada, a las nueve de la noche, después del último alumno, cuando ya no queda nadie. Salvo Capo, el gato.

Van dos o tres encuentros y entre copa y copa de grapamiel, Fernando, Nano para casi todos, responde cada una de las preguntas de un cuestionario sin mucha forma. La copa nunca queda sin sustancia, nunca queda vacía. Atento como un perro de caza, ve las últimas gotas que acarician el fondo del vaso y agarra la botella, la destapa y sirve. Acomoda un banco, apaga la cantora y se acomoda detrás del mostrador. La poca luz del lugar baja de unos tubos rojos que forman un tridente y recorren la madera barnizada de la barra. En la base de la estantería, un destello verde de neón ilumina las botellas y un escudo de Wanderers. En esta ocasión toca la del Pirata, una grapamiel de procedencia desconocida y etiqueta poco amigable.  

Nano es músico. Hace lo que le gusta y le da para vivir. El primero que lo escuchó rasgar la guitarra fue Gato, el gato que hoy duerme bajo los cimientos de la casa que construyó con sus propias manos. La conversación comienza con una pregunta simple: “¿qué te gusta?”. Antes de consultarlo, pensé en algunos testimonios con los que me topé alguna vez. Para Pablo Milanés la música es el motor de la vida, lo que lo hace feliz. En una entrevista, Hernán Casciari contestó que el amor mueve todas las cosas; le da vida a los proyectos. Le pregunté a Fernando qué pensaba. Se tomó su tiempo y contestó. Por no pertenecer a una familia de músicos no empecé a estudiar guitarra de chico. Pero había algo que me llevaba. Y me preguntaba: “¿podré hacer esto?”. Los grandes virtuosos daban conciertos a los cinco años y a los siete ya tocaban mejor que cualquier músico de conservatorio. Ibrahim Ferrer dice que uno es músico a partir de que una canción lo haga llorar. No en el sentido de que ves algo  y llorás. No. Esto va más allá del fanatismo por un artista o una canción…esto es cuando la música  te lleva más allá, cuando te hace vibrar, una letra, un acorde que no sabés qué es pero escuchás una sonoridad que se te clava en el pecho. Cuando toco no quiero mostrar lo que estudié, trato de tocar esas tres notas que puedan comunicar algo; pero ni yo sé qué es ese algo.

Fernando está hecho de deseo, es un creador nato, nada parece detenerlo.  Por suerte hay cosas que todavía no sé si me gustan o no. Me gusta ver el fruto del trabajo y lo que realmente surge de uno. Sueño con tener una familia. Te puedo contar mil cosas que me gustan, pero no aportan nada. Lo que sí está bueno es que algo que te guste pueda contagiar. Precisamente, le jode la gente que no contagia. No es tan fácil de explicar, comenta. Es esa gente que no se quiere, que no tira para adelante… que no trata de intercambiar lo poco o mucho que sepa. La gente que no quiere progresar, se complementa. No tiene nada ver con lo que hagas o a lo que te dediques, lo bueno es que puedas disfrutar de eso e intercambiarlo con otro sin generar celos o rencores. La gente que habla de esto de la boca para afuera me molesta. “El honor, la igualdad ante Dios” o quién sea, se llenan la boca y después no te dan una mano. Cuando entra la hipocresía de por medio ahí no va, remata con determinación.

Nano ocupa sus horas dando clases de guitarra, estudiando en la Escuela Universitaria de Música, tocando en un dúo o con una banda de jazz; entre otras actividades. Hace poco tiempo instaló un estudio de grabación y creó una atmósfera, un espacio en el que la música florece sin vergüenza. Predominan el verde, el pasto, las plantas, un par de naranjos, unas hamacas viejas y el gato que deambula por el jardín. Hugo Fattoruso, fascinado, grabó en este mismo lugar. Contagiar, de eso se trata. Larbanois visitó la academia y les contó a los alumnos la importancia de plantarse en el escenario, sacar pecho, tocar y olvidarse de todo lo demás. En otra oportunidad, Fernando Torrado cayó con la guitarra y repasó la historia de la bossa, improvisó y endulzó la noche con auténticos himnos del género. A pesar de todo, Nano aclara: Mucha gente que me conoce hace años dice “mirá…tiene una academia, da clases”. Eso hoy está y mañana no. El progreso lo veo en la gente que se contagia.

No cree que la música sea buena o mala. La música cumple una función y es llegarte, sentencia. Podés decir que la cumbia es una porquería, pero si a alguien le gusta ya está. Pila de veces me han invitado a escuelas carenciadas y vamos con el dúo. Por ahí, nos miran como si fuésemos extraterrestres. Les decimos: “vamos a tocar una pieza de Alfredo Zitarrosa”. Nos gritan, nos piden que no toquemos más. Después, cuando terminamos te lo agradecen de corazón. Ahí es cuando te das cuenta de que creaste un efecto que no es inmediato. Y te preguntas por qué.

A su modo de ver, el músico tiene una forma distinta de ser, pero aclara al instante: no te digo que sea mejor ni peor, pero la cabeza viaja de otra manera. “¿Cómo piensa el músico?”, replico. Suspira, se reclina y medita. Convivo todas las noches con músicos en la sala, en las grabaciones y es un viaje distinto. Creo que es el humor; lo sarcástico, lo irónico… colgarse en el pasado, repetir un chiste todo el día y cagarse de risa. Ser músico tiene mucho de ficción. Se lo relaciona con la vida fácil, el tipo que toca la guitarra y levanta minas como loco. Eso no es verdad. En el noventa por ciento de los casos el músico es un loco que pasa el tiempo golpeando puertas. Lo único que hace es estudiar y golpear puertas. Los que llegan más arriba son los que estaban en el momento en que tenían que estar. Alguna vez hablé con Hugo Fatorusso y me decía eso: “tuve la suerte de estar en el momento en que había que estar”. Claro, tiene su cuota de virtuosismo, pero hay mucho trabajo. Si en la Escuela de Música quieren sacar virtuosos, de cien van a sacar noventa y nueve frustrados, concluye.

La noche que hablamos sobre el pasado, la infancia, los primeros años, apagué el grabador y le comenté que llevábamos dos horas de entrevista. En realidad fueron veintidós minutos, el grabador me jugó una mala pasada, todavía no le saqué la ficha. Sin embargo, compartió esa sensación de que la charla duró dos horas. De todos modos, cuando habló sobre la adolescencia fue tajante: fue espectacular, tuve pocas preocupaciones y me divertí mucho. Creció en Carrasco, barrio donde pasó casi toda la vida salvo cuando viajó a España. En la casa convivió con los padres, sus dos hermanos, la abuela y el tío. Con mi tío tuve una especie de arraigo especial. Era divorciado, banquero. En cambio, mi viejo estaba como por fuera. Es una persona de campo, es cerrado, muy estructurado. Nunca lo entendí mucho. Y encima siempre estaba afuera… como que mi tío estuvo más ahí. “¿Sentís que tu viejo está en deuda?”, pregunté.  Se ríe y contesta: No, pero mi vieja se encargaba de todo. Él estaba ahí a su manera. Es difícil de explicar. Es una espina que está ahí, un conflicto; ahora, un conflicto con el que vivo siempre, pero ya está, como que ya pasó. Tengo 33 años, me dedico a lo que quiero y lo puedo hacer.
La primera guitarra se la regaló su vieja a los quince años. En casa había una guitarra guardada en un ropero con un estuche de madera; era de mi vieja. Pasaba, la miraba y a veces la tocaba. Una guitarra criolla. Pasaron más de quince años y todavía la atesora. Es una joya, es la primera y no la vende por nada del mundo. La madera está desgastada, oscurecida y el sonido es opaco, apagado. El clavijero está cubierto de polvo, y las perillas desteñidas, amarillentas. Aprendió a tocar la guitarra mirando a los hermanos, a los amigos, con la curiosidad propia del autodidacta. Tenía amigos que iban a clases y de alguna manera ellos me enseñaban lo que aprendían. Cuando recién empecé identificaba los trastes por orden alfabético: el primero era el “a”, el segundo el “b” y así con los demás. Era un quilombo, cuando llegaba al “k” ya no sabía qué hacer. Para escribir música escribía redacciones (ríe).  

Añora las tardes en que escuchaba tango junto a su tío. Sin embargo, no tuvo un mentor, un guía, alguien que le dijera “escuchá esto o escuchá esto otro”, algo que ahora sí hace con los alumnos. Le pregunté cómo se acercó a la música. A los golpes. Al no tener nada servido en bandeja todo me llegó insistiendo y dándome contra todo. Es algo que tengo. Tal vez, es un defecto: ser perseverante. Esto me llena el alma. Si hubiese sido lo que mi familia esperaba seguramente estaría mejor. Igual, esto me llena por dentro y no es material. Eso es difícil de hacérselo entender a alguien.
“¿Por qué elegiste la música?”, le pregunto. Si la pregunta es por qué me gusta tocar la guitarra, te diría que hay un lenguaje, hay cosas que solo pueden decir a través de la música. Una guitarra te está contando una historia, te está contando una región, un paisaje, una vivencia. Hay música que te transporta a un lugar, que te cuenta un cuento. Hay gente que no tiene esa sensibilidad. La curiosidad por tener eso en mis manos, ese estado de alegría, de tristeza, de melancolía: eso me lleva a ser músico.

Al terminar el liceo tuvo que decidir qué hacer de su vida. La predilección por la guitarra, el gusto por la música, el futuro incierto que, según sus padres, prometía esa vida, generó discordia en su casa. Esta etapa, la adolescencia, entrados los veinte, giró en torno a la evasión, al choque con sus padres al punto de que viajó a España. Resume la primera experiencia así: Vivía en otro país, conociendo gente, salía de noche, vivía de arriba. No aportaba nada, solo rompía las bolas. Salía todas las noches. No salí a tocar, estudiaba porque sentía que no estaba preparado. Estaba en un sueño: me dedicaba a estudiar y encima me bancaban. El fallecimiento de su abuela le pegó duro; en ese momento, coincidió que tenía un amigo viviendo en España y no dudó: se fue. Un año después, al regreso, entró a la Facultad de Economía. En parte, cumplía con el mandato familiar, seguir una “carrera” seria, garante de prosperidad y buen pasar, cosa que Nano siempre cuestionó.  Estuve dos años. Aprobé el primero y cursé parte del segundo hasta que hubo un paro importante de seis meses. Fue allá por el 2000 o 2001. A mí no me importaba toda esa situación, el paro, la disconformidad. Así que junté algo de guita… justo en esa época muere mi tío y me fui. Le dije a mí vieja: “yo me voy y no vuelvo; me voy a estudiar”.  Y reafirma: agarré ropa, la guitarra y dije “no vuelvo”. Aislado, lejos del Uruguay en todo sentido, estuvo tocando medio año y se ganó el plato de comida por mérito propio. Llegó el  momento de enfrentar la realidad y decidir si me quedaba definitivamente, de pasar esa línea y no volver más. Había estado un tiempo tocando y conociendo gente; ahora cobraba pero me estaba escapando.

Seguimos hablando sobre la segunda experiencia, la segunda estadía en España. “¿Te pasó en algún momento de decir ´qué hago acá´?”, pregunté. Me acuerdo de un rumano que estaba bravísimo. Cada músico tenía asignado su lugar para tocar. Y yo a veces iba y me sacaba corriendo, comenta, y noto que se le dibuja una sonrisa en la cara. En el metro me colgaba tocando y me quedaba horas… un día cayeron dos africanos salidos como del Harlem, se me pusieron enfrente mientras tocaba un minueto de Bach, me empujaban y yo seguí tocando. Miraba para abajo. No paré de tocar. Recé y me dije: “estos locos me limpian”. Se me caían las lágrimas. Todas esas vivencias me hicieron darme cuenta de que me estaba metiendo en una que ni yo sabía, reflexionó. Pasó el tiempo y en menos de un año volvió. Los padres creyeron, por así decir, que esta era la oportunidad para seguir el “camino recto”, retomar Economía y liquidar la carrera.

Nada fue fácil, nada fue previsible. Siguió sin dar el brazo a torcer; plenamente convencido de lo que quería forjó un proyecto sin contornos pero con una voluntad insaciable.  Enseguida me metí en lo mío. Quise grabar demos: un demo para pubs y restaurantes; otro para misas.  Los fines de semana tocaba guitarra clásica en las misas de la iglesia Stella Maris, de Carrasco; piezas de Bach. Entre semana pasaba entretenido estudiando para mi “concierto” en la iglesia. Y lo que pasó fue que hasta el cura me echó (ríe)…pero a su vez, les caí bien a las viejas porque un guacho chico iba a tocar para ellas. Me decían: “gracias por venir mijito, te queremos mucho”. También hubo un bar que me apadrinó, me agarraron un cariño especial, un bolichito frente al IAVA (Nat Capiloncho). Era un buen lugar para tocar y me pagaban. Entonces sentía como que tenía cosas para hacer. Con la plata que junté me compré dos parlantes y una potencia. La idea era pasar música en cumpleaños, donde fuera.
Nano es consciente de los objetivos, adónde quiere llegar cueste lo que cueste: Hay algo que tengo claro: si las cosas no salen acá saldrán en otro lado. Las ideas que tengo no sé cómo van a ser. La forma de las cosas la va a dar el tiempo.

Ante el agobio, la presión de los padres y la disconformidad que percibía, consideró juntar toda la plata que pudiera para hacer la casa, peso a peso, ladrillo a ladrillo. Coincidió la crisis de 2002 y explotó el dólar. La gente estaba desesperada por laburar. Tenía una plata, empecé a moverme. Mi viejo tenía el contacto de un albañil que le había hecho la casa en Masoller, una casita así nomás, como esta. En medio de la desesperación, de si me quedaba en lo de mis viejos o iba a buscar otro lugar, si iba a dar clases o conseguir otro laburo, sin saber qué carajo iba a pasar, me acordé del albañil. Lo llamé. Se vino desde Tacuarembó con un balde, una pala y nada más.

El plano de la casa fue diseñado por Fernando, un dibujito, una casa que ni siquiera tenía cocina  y al día de hoy tampoco la tiene. Quería tener un lugar donde dormir, un baño, una sala para dar clases, nada más. Estuve ocho años cocinándome afuera, a fuego, porque no tenía cocina. Lavaba los platos en el baño. Las mismas manos que ejecutaban acordes en la guitarra criolla ahora pasaban por el barro, el cemento, el polvo de ladrillo. El terreno que utilizó fue el fondo de la casa donde vivió con sus viejos. Llamé a un amigo e hicimos de peones. Invadido por la curiosidad le comenté si no le parecía fuerte que un guitarrista, esclavo de sus manos, construyera su propia casa, sometido al rigor de la construcción, el trabajo físico.  Fernando está hecho de deseo, es un creador nato, nada parece detenerlo. No me importó nada, contestó. Aprendí desde cómo hacer la mezcla hasta para qué sirve el hidrófugo, qué diferencia tiene que tener un ladrillo de otro cuando empezás a levantar una pared, qué trato le tenés que dar; cómo lograr el nivel para hacer el piso. Compré todos los materiales, me recorrí todas las barracas de Montevideo en busca del mejor precio. El padre de mi primer alumno es arquitecto, entonces le pedí el favor de que me comprara los materiales porque tenía un descuento especial. Me dio tremenda mano.

Comenzó a dar clase en esa misma época. Al principio, contó con seis o siete alumnos, pero el número no crecía. Pasaba un año y solo incorporaba uno o dos a lo sumo.  Antes de eso pasó algo que hoy lo considero totalmente positivo, pero que en su momento fue negativo: me ofrecí a dar clases de guitarra en el liceo al que había ido de chico. Estaba desesperado, no tenía ni un alumno, capaz que dos o tres, pasaba un año y tenía dos más. Me presenté y dije “soy estudiante de guitarra, quiero dar clases de guitarra”. Armé un proyecto para darle clases a los pibes de primaria, como un curso opcional, extracurricular. Fui con un cura irlandés que estudiaba flauta: le había comentado la idea y le propuse si quería dar un taller de flauta y guitarra en el colegio. Si entraba por medio del cura era seguro que iban a aceptar. Al final nos aceptaron. Me dijeron que el primer año no iban a poder pagarme, pero que la idea les gustaba. Les contesté que lo hacía igual, que después veíamos. “¿Con un irlandés?”, pregunté. Sí. Le regalé una guitarra, le enseñé a tocar. Después se copó a tocar conmigo, ensayábamos música irlandesa. Yo, que tocaba en casamientos, le ofrecía al que me contrataba un combo: podía tocar guitarra clásica o traía a un irlandés que tocaba las típicas canciones irlandesas. Empecé a dar clases en el colegio. De repente me encontré con que tenía clases de treinta alumnos. Es verdad, no cobraba pero había treinta niños que me conocían.

Las cosas parecían marchar: la casa cobró forma de a poco, el proceso de construcción nunca se interrumpió, daba clases. Sin embargo, la depresión era total. Sentía bien de cerca la presión de que en mi casa me iban a echar. No podía estudiar guitarra solamente, tenía que estar en actividad. Una vez pasado el primer año de clases en el taller, inició el segundo: Al año y medio presenté una carta para regularizar la situación. Me contestaron que la situación los incomodaba pero que no podían pagarme, me pidieron otro año más para que diera clases gratis. Estamos hablando de un colegio muy grande de Carrasco. ¿No podés pagarme aunque sea mil pesos por mes? Cualquier cosa, pero dame lo que sea. Le comentó su situación al cura del liceo. Pegó el grito en el cielo. Se armó tremendo revuelo. Me llamaron, me trataron como un perro, me dieron un papel para firmar y me dieron unos mangos. “Muchas gracias por todo, andáte”. 

“¿Qué hiciste con la plata?”, pregunté enseguida. Eran como diez mil pesos, muchísima plata, me acuerdo de que cuando agarré el cheque y salí del colegio se me caían las lágrimas porque se lo quería romper en la cara. Se hace un silencio. Si no agarraba el cheque no podía seguir con la casa. Lo bueno es que de esa experiencia quedaron alumnos que al día de hoy siguen viniendo a clase. La necesidad de tener que percibir ingresos, de tener que dar clases lo llevó a otro nivel, a querer aprender cada vez más. Los conocimientos me estaban comiendo, quería dar más pero no me sentía seguro. Hoy pienso cómo daba clases con las armas que tenía y me siento un hijo de puta, confiesa. Pero yo contagiaba la música.

En medio de este proceso tambaleante Nano dedicó parte de su tiempo a componer. Para componer, para pasar el rato, lee (entre otros textos) biografías sobre músicos. Lo interesante es saber qué hacía el músico aparte de componer. Quiero saber qué más hizo, qué es lo que piensa, qué es lo que hace. Casi sin querer, Nano abre una puerta que esconde algo extremadamente personal: También escribo mucho y algo tiene que ver con esto. Escribo cosas sobre lo que me parece tal cosa, que son como pequeñas fotos del momento que vivo. Escribía en un cuaderno, aunque desde hace un tiempo lo dejó de hacer. Cuando tenía trece años escribía lo que hacía en el día. Estaba bueno. Hoy miro eso y tengo el registro de diez años de mi vida. En su momento me cansó y me aburrió. De a poco empecé a escribir fragmentos con títulos: “Vamo´ arriba”, por ejemplo. Después del título escribía algo y chau. “Palo y palo”; lo mismo.

No lee seguido ese cuaderno; probablemente la última vez que lo abrió fue este año pero no recuerda con claridad. Los más cercanos pudieron leer esas líneas. No lo comparto con todo el mundo. Son cosas muy de adentro. La idea es transformar ese cuento en música.

Recordé la expresión “contagiar”. En Nano es recurrente, lo deja entrever cada vez que puede. Las acciones, lo que hace, el cómo vive responde a ese mandato. “¿Cómo contagias vos?”, le pregunté. Siempre hablo de la palabra “huella”. Cuando escribo, esa es una de las palabras que más se repite. Otra frase que escribí está relacionada con los colores, “vivir una vida en colores”. Vivir una vida que tenga colores. Que el lugar con el que te sientas a gusto; capaz que tengo algo de los gatos, que son territoriales, que tengas un lugar en el que te sientas bien y que dejes una huella. La resurrección de las cosas se da en la huella que dejes. Hay gente que ya no está en este mundo pero que está viva porque dejó la huella y la tengo yo. No se fueron, están acá. Lo que siempre trato de hacer con los discos, las piezas, las letras, las charlas interminables, lo poco o mucho que viví, es hablarlo para dejar una huella.

Nano tiene dos huellas grabadas a fuego: su abuela y su tío. “¿Qué te dejaron?”, pregunté con cierta inocencia. No puedo decir “me dejaron esto o lo otro”. Me dejaron algo complicado de explicar, pero es ser yo mismo. Decir y hacer lo que pienso, no bancarme las cosas porque sí. Me dejaron la fuerza para pelear, la fuerza que te puede dejar el recuerdo de una sonrisa. Acordarte de un rostro y decir “lo voy a hacer por esto”, lo voy a hacer porque hay algo sincero que te tira para adelante, lo hacés propio y queda como estandarte. ¿El recuerdo de una sonrisa te da para pelear?  Sí. No me dejaron plata, nada material… de mi tío tengo una lámpara y de mi abuela tengo un abrecartas.

“Entiendo. El valor no está en el objeto, sino en lo que te provoca, ¿no?”, sugerí. A veces le cuento a mi vieja, cuando está de bajón y me habla de su hermano, de su madre… y le digo “¿sabés lo que me pasa a mí?”, yo me junto con ellos cuando estoy tocando. Cuando estoy tocando, muchas veces, me pongo nervioso… pero entro en un clima que me lleva al cuarto de mi casa donde tocaba ante mi abuela. Ella fue la primera que me pagó las clases de guitarra, iba a mi cuarto y me pedía que tocara algo. Tocaba las piezas; me acuerdo de la cara de ella, sentada en un sillón verde y me miraba, no decía nada, solo me miraba y se reía. En los conciertos cierro los ojos y me transporto a ese momento. Ya fue, no hay nadie más. Puedo estar en lugar lleno de gente que no me da bola, pero se acabó. Eso es una huella de la puta madre. Cuando estoy tocando me da paz. Termina el concierto, aplauden, doy gracias a Dios porque de esto hago mi vida. No sé cómo agradecer que mi vida sea esto.

Ahora sí, el vaso ya no tiene grapamiel. Liquidamos la botella y el pirata naufraga en la desazón. La próxima charla hablaremos del amor, de las mujeres, de fútbol, de rock, de la torta de naranja que cocina el Garfio.



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