25.12.13

El tiempo no espera

Una absurda confesión de amor en tiempos de calor. Neuronas que viajan y revolotean embriagadas, sufren el recuerdo de una tarde de enero en que un ángel de vestido verde se bajó del ómnibus, atravesó el barrio con un tipo atontado, enamorado, dirán algunos. Él sueña con verla de nuevo. Asegura atreverse a hablarle. Decirle todo. Sin embargo, tiene miedo, aunque no sabe a qué le teme. Espera. Duerme. Sueña para tenerla cerca, pero le duele, está lejos, de la mano con otro. No conocen la extraña sensación del primer beso. Mientras caminan hasta la casa, él la mira de reojo. Ella tal vez no lo perciba. De todos modos, de alguna manera, confía en el final más dulce, aunque le puede costar caro.

Acá van (algunas) canciones escritas para enamorados que esperan, tontos que padecen la soledad, condenados a soñar para tenerla cerca y poder darle un beso.  

B.B King / Guess Who


Eric Clapton / Old love


Bob Marley / Waiting in vain


Nonpalidece / La flor



4 Pesos de Propina / Solari


La Mancha de Rolando / Siempre esperando


Los Piojos / Ando ganas (Llora llora)



Los Ratones Paranoicos / El balcón de Julieta



The Beatles / From me to you


The Doors / Hello, I love you



Led Zeppelin (Willie Dixon) / I can´t quit you baby



The Rolling Stones / You got the silver


Keith Richards / Make no mistake


10.12.13

FERNANDO AROCENA

Entrevista a Fernando Arocena, guitarrista de La Bohemia

CUANDO LA MÚSICA SE TERMINE

Laburo todo el día pegado a una silla y me pide que espere sentado, dice Fernando. Resignado, esboza una sonrisa cómplice y toma asiento. Fernando Arocena parece un oficinista acongojado, quejoso de las horas de trabajo, de la rutina. El dueño de la rotisería le responde que por más que camine de un lado para el otro, el tiempo no va a pasar más rápido. Veinte minutos después levantamos el pedido, subimos a la camioneta y regresamos a la casa. Acordamos la entrevista al final de la jornada, a las nueve de la noche, después del último alumno, cuando ya no queda nadie. Salvo Capo, el gato.

Van dos o tres encuentros y entre copa y copa de grapamiel, Fernando, Nano para casi todos, responde cada una de las preguntas de un cuestionario sin mucha forma. La copa nunca queda sin sustancia, nunca queda vacía. Atento como un perro de caza, ve las últimas gotas que acarician el fondo del vaso y agarra la botella, la destapa y sirve. Acomoda un banco, apaga la cantora y se acomoda detrás del mostrador. La poca luz del lugar baja de unos tubos rojos que forman un tridente y recorren la madera barnizada de la barra. En la base de la estantería, un destello verde de neón ilumina las botellas y un escudo de Wanderers. En esta ocasión toca la del Pirata, una grapamiel de procedencia desconocida y etiqueta poco amigable.  

Nano es músico. Hace lo que le gusta y le da para vivir. El primero que lo escuchó rasgar la guitarra fue Gato, el gato que hoy duerme bajo los cimientos de la casa que construyó con sus propias manos. La conversación comienza con una pregunta simple: “¿qué te gusta?”. Antes de consultarlo, pensé en algunos testimonios con los que me topé alguna vez. Para Pablo Milanés la música es el motor de la vida, lo que lo hace feliz. En una entrevista, Hernán Casciari contestó que el amor mueve todas las cosas; le da vida a los proyectos. Le pregunté a Fernando qué pensaba. Se tomó su tiempo y contestó. Por no pertenecer a una familia de músicos no empecé a estudiar guitarra de chico. Pero había algo que me llevaba. Y me preguntaba: “¿podré hacer esto?”. Los grandes virtuosos daban conciertos a los cinco años y a los siete ya tocaban mejor que cualquier músico de conservatorio. Ibrahim Ferrer dice que uno es músico a partir de que una canción lo haga llorar. No en el sentido de que ves algo  y llorás. No. Esto va más allá del fanatismo por un artista o una canción…esto es cuando la música  te lleva más allá, cuando te hace vibrar, una letra, un acorde que no sabés qué es pero escuchás una sonoridad que se te clava en el pecho. Cuando toco no quiero mostrar lo que estudié, trato de tocar esas tres notas que puedan comunicar algo; pero ni yo sé qué es ese algo.

Fernando está hecho de deseo, es un creador nato, nada parece detenerlo.  Por suerte hay cosas que todavía no sé si me gustan o no. Me gusta ver el fruto del trabajo y lo que realmente surge de uno. Sueño con tener una familia. Te puedo contar mil cosas que me gustan, pero no aportan nada. Lo que sí está bueno es que algo que te guste pueda contagiar. Precisamente, le jode la gente que no contagia. No es tan fácil de explicar, comenta. Es esa gente que no se quiere, que no tira para adelante… que no trata de intercambiar lo poco o mucho que sepa. La gente que no quiere progresar, se complementa. No tiene nada ver con lo que hagas o a lo que te dediques, lo bueno es que puedas disfrutar de eso e intercambiarlo con otro sin generar celos o rencores. La gente que habla de esto de la boca para afuera me molesta. “El honor, la igualdad ante Dios” o quién sea, se llenan la boca y después no te dan una mano. Cuando entra la hipocresía de por medio ahí no va, remata con determinación.

Nano ocupa sus horas dando clases de guitarra, estudiando en la Escuela Universitaria de Música, tocando en un dúo o con una banda de jazz; entre otras actividades. Hace poco tiempo instaló un estudio de grabación y creó una atmósfera, un espacio en el que la música florece sin vergüenza. Predominan el verde, el pasto, las plantas, un par de naranjos, unas hamacas viejas y el gato que deambula por el jardín. Hugo Fattoruso, fascinado, grabó en este mismo lugar. Contagiar, de eso se trata. Larbanois visitó la academia y les contó a los alumnos la importancia de plantarse en el escenario, sacar pecho, tocar y olvidarse de todo lo demás. En otra oportunidad, Fernando Torrado cayó con la guitarra y repasó la historia de la bossa, improvisó y endulzó la noche con auténticos himnos del género. A pesar de todo, Nano aclara: Mucha gente que me conoce hace años dice “mirá…tiene una academia, da clases”. Eso hoy está y mañana no. El progreso lo veo en la gente que se contagia.

No cree que la música sea buena o mala. La música cumple una función y es llegarte, sentencia. Podés decir que la cumbia es una porquería, pero si a alguien le gusta ya está. Pila de veces me han invitado a escuelas carenciadas y vamos con el dúo. Por ahí, nos miran como si fuésemos extraterrestres. Les decimos: “vamos a tocar una pieza de Alfredo Zitarrosa”. Nos gritan, nos piden que no toquemos más. Después, cuando terminamos te lo agradecen de corazón. Ahí es cuando te das cuenta de que creaste un efecto que no es inmediato. Y te preguntas por qué.

A su modo de ver, el músico tiene una forma distinta de ser, pero aclara al instante: no te digo que sea mejor ni peor, pero la cabeza viaja de otra manera. “¿Cómo piensa el músico?”, replico. Suspira, se reclina y medita. Convivo todas las noches con músicos en la sala, en las grabaciones y es un viaje distinto. Creo que es el humor; lo sarcástico, lo irónico… colgarse en el pasado, repetir un chiste todo el día y cagarse de risa. Ser músico tiene mucho de ficción. Se lo relaciona con la vida fácil, el tipo que toca la guitarra y levanta minas como loco. Eso no es verdad. En el noventa por ciento de los casos el músico es un loco que pasa el tiempo golpeando puertas. Lo único que hace es estudiar y golpear puertas. Los que llegan más arriba son los que estaban en el momento en que tenían que estar. Alguna vez hablé con Hugo Fatorusso y me decía eso: “tuve la suerte de estar en el momento en que había que estar”. Claro, tiene su cuota de virtuosismo, pero hay mucho trabajo. Si en la Escuela de Música quieren sacar virtuosos, de cien van a sacar noventa y nueve frustrados, concluye.

La noche que hablamos sobre el pasado, la infancia, los primeros años, apagué el grabador y le comenté que llevábamos dos horas de entrevista. En realidad fueron veintidós minutos, el grabador me jugó una mala pasada, todavía no le saqué la ficha. Sin embargo, compartió esa sensación de que la charla duró dos horas. De todos modos, cuando habló sobre la adolescencia fue tajante: fue espectacular, tuve pocas preocupaciones y me divertí mucho. Creció en Carrasco, barrio donde pasó casi toda la vida salvo cuando viajó a España. En la casa convivió con los padres, sus dos hermanos, la abuela y el tío. Con mi tío tuve una especie de arraigo especial. Era divorciado, banquero. En cambio, mi viejo estaba como por fuera. Es una persona de campo, es cerrado, muy estructurado. Nunca lo entendí mucho. Y encima siempre estaba afuera… como que mi tío estuvo más ahí. “¿Sentís que tu viejo está en deuda?”, pregunté.  Se ríe y contesta: No, pero mi vieja se encargaba de todo. Él estaba ahí a su manera. Es difícil de explicar. Es una espina que está ahí, un conflicto; ahora, un conflicto con el que vivo siempre, pero ya está, como que ya pasó. Tengo 33 años, me dedico a lo que quiero y lo puedo hacer.
La primera guitarra se la regaló su vieja a los quince años. En casa había una guitarra guardada en un ropero con un estuche de madera; era de mi vieja. Pasaba, la miraba y a veces la tocaba. Una guitarra criolla. Pasaron más de quince años y todavía la atesora. Es una joya, es la primera y no la vende por nada del mundo. La madera está desgastada, oscurecida y el sonido es opaco, apagado. El clavijero está cubierto de polvo, y las perillas desteñidas, amarillentas. Aprendió a tocar la guitarra mirando a los hermanos, a los amigos, con la curiosidad propia del autodidacta. Tenía amigos que iban a clases y de alguna manera ellos me enseñaban lo que aprendían. Cuando recién empecé identificaba los trastes por orden alfabético: el primero era el “a”, el segundo el “b” y así con los demás. Era un quilombo, cuando llegaba al “k” ya no sabía qué hacer. Para escribir música escribía redacciones (ríe).  

Añora las tardes en que escuchaba tango junto a su tío. Sin embargo, no tuvo un mentor, un guía, alguien que le dijera “escuchá esto o escuchá esto otro”, algo que ahora sí hace con los alumnos. Le pregunté cómo se acercó a la música. A los golpes. Al no tener nada servido en bandeja todo me llegó insistiendo y dándome contra todo. Es algo que tengo. Tal vez, es un defecto: ser perseverante. Esto me llena el alma. Si hubiese sido lo que mi familia esperaba seguramente estaría mejor. Igual, esto me llena por dentro y no es material. Eso es difícil de hacérselo entender a alguien.
“¿Por qué elegiste la música?”, le pregunto. Si la pregunta es por qué me gusta tocar la guitarra, te diría que hay un lenguaje, hay cosas que solo pueden decir a través de la música. Una guitarra te está contando una historia, te está contando una región, un paisaje, una vivencia. Hay música que te transporta a un lugar, que te cuenta un cuento. Hay gente que no tiene esa sensibilidad. La curiosidad por tener eso en mis manos, ese estado de alegría, de tristeza, de melancolía: eso me lleva a ser músico.

Al terminar el liceo tuvo que decidir qué hacer de su vida. La predilección por la guitarra, el gusto por la música, el futuro incierto que, según sus padres, prometía esa vida, generó discordia en su casa. Esta etapa, la adolescencia, entrados los veinte, giró en torno a la evasión, al choque con sus padres al punto de que viajó a España. Resume la primera experiencia así: Vivía en otro país, conociendo gente, salía de noche, vivía de arriba. No aportaba nada, solo rompía las bolas. Salía todas las noches. No salí a tocar, estudiaba porque sentía que no estaba preparado. Estaba en un sueño: me dedicaba a estudiar y encima me bancaban. El fallecimiento de su abuela le pegó duro; en ese momento, coincidió que tenía un amigo viviendo en España y no dudó: se fue. Un año después, al regreso, entró a la Facultad de Economía. En parte, cumplía con el mandato familiar, seguir una “carrera” seria, garante de prosperidad y buen pasar, cosa que Nano siempre cuestionó.  Estuve dos años. Aprobé el primero y cursé parte del segundo hasta que hubo un paro importante de seis meses. Fue allá por el 2000 o 2001. A mí no me importaba toda esa situación, el paro, la disconformidad. Así que junté algo de guita… justo en esa época muere mi tío y me fui. Le dije a mí vieja: “yo me voy y no vuelvo; me voy a estudiar”.  Y reafirma: agarré ropa, la guitarra y dije “no vuelvo”. Aislado, lejos del Uruguay en todo sentido, estuvo tocando medio año y se ganó el plato de comida por mérito propio. Llegó el  momento de enfrentar la realidad y decidir si me quedaba definitivamente, de pasar esa línea y no volver más. Había estado un tiempo tocando y conociendo gente; ahora cobraba pero me estaba escapando.

Seguimos hablando sobre la segunda experiencia, la segunda estadía en España. “¿Te pasó en algún momento de decir ´qué hago acá´?”, pregunté. Me acuerdo de un rumano que estaba bravísimo. Cada músico tenía asignado su lugar para tocar. Y yo a veces iba y me sacaba corriendo, comenta, y noto que se le dibuja una sonrisa en la cara. En el metro me colgaba tocando y me quedaba horas… un día cayeron dos africanos salidos como del Harlem, se me pusieron enfrente mientras tocaba un minueto de Bach, me empujaban y yo seguí tocando. Miraba para abajo. No paré de tocar. Recé y me dije: “estos locos me limpian”. Se me caían las lágrimas. Todas esas vivencias me hicieron darme cuenta de que me estaba metiendo en una que ni yo sabía, reflexionó. Pasó el tiempo y en menos de un año volvió. Los padres creyeron, por así decir, que esta era la oportunidad para seguir el “camino recto”, retomar Economía y liquidar la carrera.

Nada fue fácil, nada fue previsible. Siguió sin dar el brazo a torcer; plenamente convencido de lo que quería forjó un proyecto sin contornos pero con una voluntad insaciable.  Enseguida me metí en lo mío. Quise grabar demos: un demo para pubs y restaurantes; otro para misas.  Los fines de semana tocaba guitarra clásica en las misas de la iglesia Stella Maris, de Carrasco; piezas de Bach. Entre semana pasaba entretenido estudiando para mi “concierto” en la iglesia. Y lo que pasó fue que hasta el cura me echó (ríe)…pero a su vez, les caí bien a las viejas porque un guacho chico iba a tocar para ellas. Me decían: “gracias por venir mijito, te queremos mucho”. También hubo un bar que me apadrinó, me agarraron un cariño especial, un bolichito frente al IAVA (Nat Capiloncho). Era un buen lugar para tocar y me pagaban. Entonces sentía como que tenía cosas para hacer. Con la plata que junté me compré dos parlantes y una potencia. La idea era pasar música en cumpleaños, donde fuera.
Nano es consciente de los objetivos, adónde quiere llegar cueste lo que cueste: Hay algo que tengo claro: si las cosas no salen acá saldrán en otro lado. Las ideas que tengo no sé cómo van a ser. La forma de las cosas la va a dar el tiempo.

Ante el agobio, la presión de los padres y la disconformidad que percibía, consideró juntar toda la plata que pudiera para hacer la casa, peso a peso, ladrillo a ladrillo. Coincidió la crisis de 2002 y explotó el dólar. La gente estaba desesperada por laburar. Tenía una plata, empecé a moverme. Mi viejo tenía el contacto de un albañil que le había hecho la casa en Masoller, una casita así nomás, como esta. En medio de la desesperación, de si me quedaba en lo de mis viejos o iba a buscar otro lugar, si iba a dar clases o conseguir otro laburo, sin saber qué carajo iba a pasar, me acordé del albañil. Lo llamé. Se vino desde Tacuarembó con un balde, una pala y nada más.

El plano de la casa fue diseñado por Fernando, un dibujito, una casa que ni siquiera tenía cocina  y al día de hoy tampoco la tiene. Quería tener un lugar donde dormir, un baño, una sala para dar clases, nada más. Estuve ocho años cocinándome afuera, a fuego, porque no tenía cocina. Lavaba los platos en el baño. Las mismas manos que ejecutaban acordes en la guitarra criolla ahora pasaban por el barro, el cemento, el polvo de ladrillo. El terreno que utilizó fue el fondo de la casa donde vivió con sus viejos. Llamé a un amigo e hicimos de peones. Invadido por la curiosidad le comenté si no le parecía fuerte que un guitarrista, esclavo de sus manos, construyera su propia casa, sometido al rigor de la construcción, el trabajo físico.  Fernando está hecho de deseo, es un creador nato, nada parece detenerlo. No me importó nada, contestó. Aprendí desde cómo hacer la mezcla hasta para qué sirve el hidrófugo, qué diferencia tiene que tener un ladrillo de otro cuando empezás a levantar una pared, qué trato le tenés que dar; cómo lograr el nivel para hacer el piso. Compré todos los materiales, me recorrí todas las barracas de Montevideo en busca del mejor precio. El padre de mi primer alumno es arquitecto, entonces le pedí el favor de que me comprara los materiales porque tenía un descuento especial. Me dio tremenda mano.

Comenzó a dar clase en esa misma época. Al principio, contó con seis o siete alumnos, pero el número no crecía. Pasaba un año y solo incorporaba uno o dos a lo sumo.  Antes de eso pasó algo que hoy lo considero totalmente positivo, pero que en su momento fue negativo: me ofrecí a dar clases de guitarra en el liceo al que había ido de chico. Estaba desesperado, no tenía ni un alumno, capaz que dos o tres, pasaba un año y tenía dos más. Me presenté y dije “soy estudiante de guitarra, quiero dar clases de guitarra”. Armé un proyecto para darle clases a los pibes de primaria, como un curso opcional, extracurricular. Fui con un cura irlandés que estudiaba flauta: le había comentado la idea y le propuse si quería dar un taller de flauta y guitarra en el colegio. Si entraba por medio del cura era seguro que iban a aceptar. Al final nos aceptaron. Me dijeron que el primer año no iban a poder pagarme, pero que la idea les gustaba. Les contesté que lo hacía igual, que después veíamos. “¿Con un irlandés?”, pregunté. Sí. Le regalé una guitarra, le enseñé a tocar. Después se copó a tocar conmigo, ensayábamos música irlandesa. Yo, que tocaba en casamientos, le ofrecía al que me contrataba un combo: podía tocar guitarra clásica o traía a un irlandés que tocaba las típicas canciones irlandesas. Empecé a dar clases en el colegio. De repente me encontré con que tenía clases de treinta alumnos. Es verdad, no cobraba pero había treinta niños que me conocían.

Las cosas parecían marchar: la casa cobró forma de a poco, el proceso de construcción nunca se interrumpió, daba clases. Sin embargo, la depresión era total. Sentía bien de cerca la presión de que en mi casa me iban a echar. No podía estudiar guitarra solamente, tenía que estar en actividad. Una vez pasado el primer año de clases en el taller, inició el segundo: Al año y medio presenté una carta para regularizar la situación. Me contestaron que la situación los incomodaba pero que no podían pagarme, me pidieron otro año más para que diera clases gratis. Estamos hablando de un colegio muy grande de Carrasco. ¿No podés pagarme aunque sea mil pesos por mes? Cualquier cosa, pero dame lo que sea. Le comentó su situación al cura del liceo. Pegó el grito en el cielo. Se armó tremendo revuelo. Me llamaron, me trataron como un perro, me dieron un papel para firmar y me dieron unos mangos. “Muchas gracias por todo, andáte”. 

“¿Qué hiciste con la plata?”, pregunté enseguida. Eran como diez mil pesos, muchísima plata, me acuerdo de que cuando agarré el cheque y salí del colegio se me caían las lágrimas porque se lo quería romper en la cara. Se hace un silencio. Si no agarraba el cheque no podía seguir con la casa. Lo bueno es que de esa experiencia quedaron alumnos que al día de hoy siguen viniendo a clase. La necesidad de tener que percibir ingresos, de tener que dar clases lo llevó a otro nivel, a querer aprender cada vez más. Los conocimientos me estaban comiendo, quería dar más pero no me sentía seguro. Hoy pienso cómo daba clases con las armas que tenía y me siento un hijo de puta, confiesa. Pero yo contagiaba la música.

En medio de este proceso tambaleante Nano dedicó parte de su tiempo a componer. Para componer, para pasar el rato, lee (entre otros textos) biografías sobre músicos. Lo interesante es saber qué hacía el músico aparte de componer. Quiero saber qué más hizo, qué es lo que piensa, qué es lo que hace. Casi sin querer, Nano abre una puerta que esconde algo extremadamente personal: También escribo mucho y algo tiene que ver con esto. Escribo cosas sobre lo que me parece tal cosa, que son como pequeñas fotos del momento que vivo. Escribía en un cuaderno, aunque desde hace un tiempo lo dejó de hacer. Cuando tenía trece años escribía lo que hacía en el día. Estaba bueno. Hoy miro eso y tengo el registro de diez años de mi vida. En su momento me cansó y me aburrió. De a poco empecé a escribir fragmentos con títulos: “Vamo´ arriba”, por ejemplo. Después del título escribía algo y chau. “Palo y palo”; lo mismo.

No lee seguido ese cuaderno; probablemente la última vez que lo abrió fue este año pero no recuerda con claridad. Los más cercanos pudieron leer esas líneas. No lo comparto con todo el mundo. Son cosas muy de adentro. La idea es transformar ese cuento en música.

Recordé la expresión “contagiar”. En Nano es recurrente, lo deja entrever cada vez que puede. Las acciones, lo que hace, el cómo vive responde a ese mandato. “¿Cómo contagias vos?”, le pregunté. Siempre hablo de la palabra “huella”. Cuando escribo, esa es una de las palabras que más se repite. Otra frase que escribí está relacionada con los colores, “vivir una vida en colores”. Vivir una vida que tenga colores. Que el lugar con el que te sientas a gusto; capaz que tengo algo de los gatos, que son territoriales, que tengas un lugar en el que te sientas bien y que dejes una huella. La resurrección de las cosas se da en la huella que dejes. Hay gente que ya no está en este mundo pero que está viva porque dejó la huella y la tengo yo. No se fueron, están acá. Lo que siempre trato de hacer con los discos, las piezas, las letras, las charlas interminables, lo poco o mucho que viví, es hablarlo para dejar una huella.

Nano tiene dos huellas grabadas a fuego: su abuela y su tío. “¿Qué te dejaron?”, pregunté con cierta inocencia. No puedo decir “me dejaron esto o lo otro”. Me dejaron algo complicado de explicar, pero es ser yo mismo. Decir y hacer lo que pienso, no bancarme las cosas porque sí. Me dejaron la fuerza para pelear, la fuerza que te puede dejar el recuerdo de una sonrisa. Acordarte de un rostro y decir “lo voy a hacer por esto”, lo voy a hacer porque hay algo sincero que te tira para adelante, lo hacés propio y queda como estandarte. ¿El recuerdo de una sonrisa te da para pelear?  Sí. No me dejaron plata, nada material… de mi tío tengo una lámpara y de mi abuela tengo un abrecartas.

“Entiendo. El valor no está en el objeto, sino en lo que te provoca, ¿no?”, sugerí. A veces le cuento a mi vieja, cuando está de bajón y me habla de su hermano, de su madre… y le digo “¿sabés lo que me pasa a mí?”, yo me junto con ellos cuando estoy tocando. Cuando estoy tocando, muchas veces, me pongo nervioso… pero entro en un clima que me lleva al cuarto de mi casa donde tocaba ante mi abuela. Ella fue la primera que me pagó las clases de guitarra, iba a mi cuarto y me pedía que tocara algo. Tocaba las piezas; me acuerdo de la cara de ella, sentada en un sillón verde y me miraba, no decía nada, solo me miraba y se reía. En los conciertos cierro los ojos y me transporto a ese momento. Ya fue, no hay nadie más. Puedo estar en lugar lleno de gente que no me da bola, pero se acabó. Eso es una huella de la puta madre. Cuando estoy tocando me da paz. Termina el concierto, aplauden, doy gracias a Dios porque de esto hago mi vida. No sé cómo agradecer que mi vida sea esto.

Ahora sí, el vaso ya no tiene grapamiel. Liquidamos la botella y el pirata naufraga en la desazón. La próxima charla hablaremos del amor, de las mujeres, de fútbol, de rock, de la torta de naranja que cocina el Garfio.



Escuchá material de La Bohemia

9.12.13

GASTÓN ARMAGNO

Humor al por mayor

Cualquier entrevistador que quiera presentar a Gastón Armagno puede recurrir a metáforas futboleras –cuándo no– y ahorrarse adjetivos, frases hechas o lugares comunes. Gastón Armagno hace lo que le gusta: humor. Es un jugador todo terreno. Levanta el centro, cabecea y festeja el gol. Al día de hoy, dirige Finoli Finoli, un programa de humor absurdo que se emite por Internet y desde hace poco tiempo por televisión (Canal U). Sí, un todo terreno: es actor, realizador, cómico e ilustrador. Trabajó como creativo publicitario e incursionó en The Casero Experimendo (obra de teatro encabezada por Alfredo Casero).

Gastón, cualquiera que vea un video de Finoli y no los conozca puede preguntarse, ¿están locos, les falla algo o simplemente hacen lo que les gusta?

Hacemos lo que nos gusta. Creamos a partir de lo que nos parece a nosotros que nos va a hacer reír o que nos parece divertido. Es decir, lo que nos gustaría ver. Finoli tiene su base en un humor medio especial que va por TheKids in the Hall, Cha Cha Cha, Monty Python. Es una lectura diferente de ese humor que va por el "cachetazo" o el remate. Vamos por otro lado. A veces nuestros videos te hacen reír o incluso te pueden generar una sensación extraña, pero de alguna manera te divierte. Apuntamos a lo absurdo, nos burlamos de ciertos formatos publicitarios o programas de televisión a través de un lenguaje que capaz es diferente. No sé si estamos locos –risas–, hay público al que le gusta este tipo de humor.

Si hablamos de los orígenes de Finoli tenemos que remontarnos a una anécdota curiosa: a tu abuela no le gustaba que le dijeran que la leche tenía nata. Un día, harta de esa situación, agarró un cuchillo, se lo acercó al cuello y te dijo desafiante: “decíme ahora que tiene nata”.

Sí, es verdad. Mi abuela un día se cansó y medio tragicómicamente, porque para mí fue un momento tragicómico aunque no entendía nada, agarró un cuchillo y me dijo: “decíme ahora”. No entendía nada.

¿Qué le contestaste?

No, nada, por las dudas no dije nada –risas–. Después con el tiempo me acordé y me causó gracia. Es una abuela especial. Esta anécdota tiene que ver con el humor que hacemos, tiene que ver con lo inesperado.

¿Cómo definirías al humor absurdo?

 No sé si define enteramente a Finoli, pero es eso que no esperas, que desencaja y te hace reír. Hay gente que después de ver algún sketch de Finoli le pasa eso, queda desencajado.

¿Hay que desarrollar una sensibilidad aparte para percibir todo eso?

No, yo creo que no. Hacemos algo normal, algo que no es nada raro. Hay gente que recién al tercer o cuarto video entiende de que viene Finoli. Pero también hay gente que nos entiende al toque. Depende mucho del tipo de humor que consumís: si veías a Cha Cha Cha, por ejemplo, puede que nos entiendas con más facilidad.

¿El uruguayo es abierto a esta lectura del humor?

Sí, más que nada las generaciones más jóvenes. Algo que hizo Peter Capusotto fue abrir la cancha y eso está bueno porque la gente acepta lo que hace y eso se traslada a programas como el nuestro.

Capusotto está más comprometido con la crítica social, ¿Finoli también?

Nosotros no vamos por ese lado. Capusotto baja a tierra ideas que parecen incoherentes, está muy bueno lo que hace.

¿Lo absurdo tiene límites?

Hay temas con los que no nos metemos: la dictadura, por ejemplo. Hay temas que no generan gracia y por eso no nos metemos. Lo absurdo no creo que tenga límites, pero el humor absurdo sí porque necesitas una línea para que se entienda lo que querés decir.

¿Hay una receta para hacer humor?

No. Es cuestión de hacer algo que lo haga reír a uno y siempre vas a hacer reír a alguien.

¿Cómo trabajan en Finoli?

Nos juntamos dos veces por semana para guionar, planificar los rodajes, hablar con los productores qué se puede hacer con lo que tenemos, hacer el plan de rodaje y después el rodaje. Funcionamos como cualquier productora.

Sos director, guionista, productor y actor al mismo tiempo… ¿por qué desarrollás todas esas tareas?

En Finoli pasa que somos pocos y la verdad es que los ocupo de atrevido. No queda otra. Sí me apoyo en amigos con experiencia para asesorarme en temas de realización, yo estoy aprendiendo todavía para poder tomar decisiones y que todo salga de la manera que yo las imagino.

¿Desgasta?

Pila. Si bien hay otros guionistas, productores, desgasta porque Finoli se maneja sin plata. No puedo llamar a alguien y decirle: “hacelo vos”. Si lo querés hacer, hacélo.

Se apoyan mucho en las redes sociales…

Tres años atrás esto era difícil de sacar adelante. Lo hacemos porque existe Youtube, Facebook, y un montón de redes sociales que permiten mostrar lo que hacemos. Cualquier persona que tenga ganas de hacer algo, lo tiene que hacer. Las redes sociales, las series en Internet se están comiendo a la televisión. La tele está empezando a quedar en el pasado y está bueno porque uno elige lo que quiere ver.

A lo largo de las seis temporadas, en el elenco aparecen ancianas, asiáticos, enanos, y figuras de renombre como Fabio Alberti, Alfredo Caseros, Jorge Esmoris, Luis Orpi, Omar Gutiérrez, Núbel Cisneros, entre otros. ¿Cómo lograste convencerlos para que participaran de Finoli?

No tengo ni idea -risas-. Yo los llamé y les dije, “mirá tengo esta idea”, les contaba la idea y se prendían. Con Caseros fue especial porque  nos vio por Internet y nos llamó para que trabajáramos con él en Argentina. A Caseros le gustó Finoli porque tiene mucho de lo que él hacía. Entonces se sumó a Finoli. Alberti se sumó este año, viene todos los meses y se queda dos días para filmar con nosotros. A todos los demás los fuimos llamando y se prendieron.

En el caso de las ancianas, de los enanos, ¿vienen a ser el prototipo de lo absurdo o son solo unos personajes más?

Me parecía rico poder compilar todo tipo de cosas, de aportes. Es decir, gente que está jugando, en ningún momento nosotros llamamos a la anciana para que se reían de ella. La señora sabe lo que está haciendo y se divierte como uno más. Todos nos ponemos en ridículo, todos nos divertimos, es un juego.

Empezaron en una radio comunitaria, luego pasaron a Internet y ahora llegaron a la televisión a través de Canal U, ¿era una de las metas llegar a la televisión?

No, es casi un accidente. Por un tema económico lo consideramos, pero si hubiera sido la meta hubiésemos hecho un piloto y nada más. El objetivo siempre fue mostrar lo que hacíamos. Igual salir en televisión es interesante. Lamentablemente hoy en día se sigue creyendo que lo que no está en televisión no existe o no es serio.

¿Cómo fue el primer encuentro con Caseros?

Para mí era rarísimo primero que nos llamara, nos invitara y nos prestara atención. Fue raro. Es un tipo de una personalidad muy fuerte y al principio no sabés cómo tomarlo. Aprendí mucho de él. Se sentó con nosotros, miró los videos y nos dio consejos.

Para ustedes fue importante porque les sirvió como puente para llegar a Argentina.

Sin duda. Hoy trabajamos con gente como Fabio Alberti, Martín Garabal que sale por I-Sat, con gente de Cualca.

¿Es cierto que tienen proyectado filmar su primer largometraje?
Sí, creo que empezamos en verano. Está todo planificado, salvo retocar algunas cosas del guión. La idea base es muy como las películas de terror de los ´80. Van a participar Alberti, Caseros, César Troncoso, mucha gente. El objetivo es llegar al cine.







Entrevista publicada en Revista Free Time (Diciembre 2013).

6.11.13

GARO ARAKELIÁN

El poeta dice la verdad

Garo Arakelian presentó su primer disco solista y despejó cuanta duda había: hay Garo para rato.


Disuelta La Trampa –banda emblemática del rock uruguayo en la última década– y siete discos atrás, Garo compuso canciones basadas en historias y casos reales. Despojado de su guitarra eléctrica, forjó un disco sobrio y sin sobresaltos, apoyado en destellos de sutileza y músicos de alto calibre. En Un mundo sin gloria, el último disco, algunas pocas víctimas atrapadas en el silencio aprovecharon el virtuosismo de Garo y salieron a la luz. Garo volcó todo su potencial en historias manchadas por la injusticia, historias que dormían escondidas bajo la alfombra de la impunidad.

No fue una noche más. Garo y su gente pactaron la cita el viernes 14 de junio en La Trastienda. A pocos minutos del comienzo, el frío era intenso y la caja negra, esas cuatro paredes que han tenido el privilegio de escuchar a verdaderos animales de la música, aguardaba cálida y expectante. La barra desbordaba. Merodeaba algún que otro vaso de grapa para calentar la garganta y cerveza para los sedientos. El escenario estaba desnudo. Se destacaban apenas dos ramas de laurel entrelazadas. La corona alude a la victoria de la insurrección mediada por una guitarra. El disco es una contienda. Una mirada introspectiva. Un verdadero acto de sinceramiento. Una lapicera, una guitarra, una armónica, una voz y la realidad. Garo es el artífice de un repertorio reivindicador dispuesto a desafiar la consciencia de los oyentes. Sonaba música de fondo. La velada era perfecta. El paso se dificultó, indicio de que estábamos todos. Solo falta Garo. Ahí viene. Silencio.

La visita. Garo atravesó el escenario. Pisó firme. Tomó su armónica y despedazó el silencio. El peso de la irrupción fue estremecedor. Rasgueó la guitarra. Se escucharon silbidos y varios aplausos cómplices. Los reflectores jugaban por entre los músicos. El show cobró vida. Las historias empezaron a ser contadas. Ocho canciones que incluye Un mundo sin gloria recopilan parte de lo que pasó entre 1914 y 2012. El antecedente más cercano nos remite a Nick Cave & The Bad Seeds y su noveno disco Murder Ballads –editado en 1996 y revelador de historias perturbadoras–. Garo, en parte, recoge la obra de artistas como Bruce Springsteen y Bob Dylan. Sin embargo, Crónicas de sangre, sudor y lágrimas escrito por Leonardo Haberkorn hizo mella en Arakelian. En pocas palabras, la obra reúne once crónicas ávidas de mostrar lo oculto, lo perverso detrás de la cotidianidad. En esta ocasión, Gloria Cor es la piedra fundamental de este disco: el mejor de los disfraces para saltar al escenario y contar qué pasó. Eso hizo Garo. Contó la historia de una agente policial y la de otros que fueron consumidos por la indiferencia del periodismo. La visita abrió el repertorio. `Cuando el viento me sople al oído, que ya no estás pensando en mí, voy a incendiar este hospital, voy a arrasar este país, cuando es amor no sé medir, y si es perdón no sé pedir, y para no verte sufrir, prefiero que no quede nada´, rezó el compositor empedernido.

Que mi amor les llegue hoy. El desamor y la desesperanza revolotearon como fantasmas escandalosos. Era poco el optimismo. El tono de su voz, el dinamismo del show y el color de las letras conjuraron a la perfección. Los vestigios del rockero estridente quedaron enterrados. Garo se vistió de cantor y lució sus mejores versos. Sin embargo, el pasado salió a relucir. `La Trampa merece una despedida´, `que vuelva La Trampa´ resonó entre canción y canción. Parece una espina difícil de sacarse. Un velo de melancolía cayó sobre el público: Alejandro Spuntone, ex vocalista de La Trampa, subió al escenario y cantó a dúoLas Décimas en una versión criolla totalmente desenchufada. De todos modos, la nueva identidad es patente. La carta de presentación es otra y también lo es la apuesta. Un mundo sin gloria propone un ejercicio de alta exigencia: escuchar, entender y dejarse llevar. Terminó el show. Guitarra en mano, dio media vuelta y se fue. El poeta dice la verdad.

5.8.13

JOSÉ LUIS PALMA


“Yo planteé que la única forma de acercarme al club era si se aceptaba mi manera de ser, que es ésta, ser individualista”.



Foto: tenfield.com.uy
Corrían las seis de la tarde y poco a poco Belvedere se iba apagando. Ómnibus por doquier, vendedores ambulantes cerrando la jornada, comercios prácticamente vacíos y la sede del Liverpool Fútbol Club, incrustada en la avda. Agraciada, tiñe de azul la tarde gris que augura una lluvia pesada. Entre trofeos y recuadros, dos jóvenes promesas brasileñas rondan por la sede social y conocen el personal. Falta apenas una hora para que la Sala de Sesiones abra sus puertas y reúna a los dirigentes negriazules. Mientras, José Luis Palma, máxima autoridad del club, explica los pormenores de acompasar la dirigencia deportiva con los asuntos empresariales.
- ¿Quién lo hizo hincha de Liverpool?

José Luis Palma: - Yo nací en el Cerro. Mi padre hasta su muerte fue el socio más antiguo de Cerro. Mi hermano era hincha y jugador de ese club; pero parte de mi familia vivía en Belvedere y yo frecuentaba la casa de mis abuelos. Allí vivía un cuñado de mi madre que era fanático de Liverpool y con cuatro años me traía a la vieja sede del club para jugar en las hamacas que estaban en frente. Fui primero socio de Cerro antes que de Liverpool porque mi padre me hizo al nacer; pero desde que tuve uso de razón le devolví el carné y me hice de Liverpool.
-  ¿Qué balance hace desde que asumió en 2001 hasta el día de hoy?

JLP: - Este año empiezo mi decimotercer año de gestión en forma ininterrumpida y eso significa haber sido votado siete veces por los socios. Liverpool antes de nuestra asunción en el 2001 venía de un período con turbulencias. Hubo luchas intestinas que diluyeron una gran gestión como fue el quinquenio de 1970 a 1975 presidido por Rodolfo Larrea. Una época de grandes transformaciones, de la “operación coraje”, de la construcción de la sede, de la compra de Lomas de Zamora, una gestión deportiva muy exitosa ya que Liverpool peleó campeonatos y en su momento tuvo siete jugadores titulares en la selección nacional. Por errores propios Liverpool no pudo mantener esa posición. Yo ingresé teniendo claro conocimiento de la realidad estatutaria. Si no había lugar para la reelección no me hubiera presentado. Dos años son insuficientes para lograr cambios importantes. Si lo que se quiere es ser campeón, quizás dos años alcancen. Es cuestión de invertir dinero, contratar jugadores y acertar con un técnico.

- ¿Vale ganar a cualquier precio?

JLP: - De ninguna manera. Yo pienso que lo mejor de Liverpool está por venir. Se ha trabajado en silencio y sin mucho brillo durante todos estos años. Por ejemplo, en divisiones formativas. Año a año aportamos juveniles a primera división, nuevos valores que sustituyen a los que emigran, los que se venden o que culminan su contrato. Hoy por hoy, Liverpool tiene un promedio de ocho o nueve jugadores titulares por fin de semana que fueron formados en el club. Eso implica una baja en el presupuesto, pero además permite la generación de una mística que ante la adversidad hace viable recomponer el equilibrio. Hay que tener mucha paciencia y prepararse para el éxito que, a veces, resulta ser lo más difícil. El día que se cumpla un gran objetivo hay que saber administrar esa bonanza sin inflar los presupuestos ni abandonar el trabajo cotidiano. Ese es el camino y es en el que estamos.

- ¿Cómo se forma al jugador en Liverpool?

JLP: - El criterio es mantener al coordinador, al gerente de las inferiores y a los distintos cuerpos técnicos más allá de los resultados. En primera división los técnicos se mantienen por los resultados. Pero, en inferiores el resultado no es tan dramático. Durante muchos años, cuando la informática todavía no estaba instaurada en la educación básica, para todos los chicos del interior, que en ese momento eran casi veinticinco, se les daba alojamiento, las cuatro comidas diarias y a quienes habían abandonado los estudios se les daba inglés y computación. A los chicos que no son del interior, pero que provenían de un medio social bajo, se les brindó apoyo para que sean mejores personas y mejores jugadores. Hoy por hoy, triunfan los que piensan y no sólo los que son artistas de la cintura para abajo. La filosofía del club es formar generaciones estables que generen lazos, identidad y enraizamiento con la institución; pero además grupos acostumbrados a pelear juntos.

- ¿Cuánto hay de racional y cuánto de emocional a lo hora de presidir una institución deportiva?

JLP: - Trato de que lo racional se imponga sobre lo emocional. El hincha suele equivocarse porque la pasión lo nubla. Sin dejar de sentir la pasión por los colores, me he impuesto dominar esa pasión y decidir con la frialdad de un empresario. En el buen sentido, es darle la espalda a la tribuna, no es que sea sordo a los reclamos de los socios, pero no me hago una caja de resonancia fiel en un cien por ciento. Si bien puedo tomar en cuenta las críticas, las manifestaciones que permanentemente los hinchas hacen cada fin de semana, trato de ser impermeable para poder concentrarme en lo que deben ser las mejores decisiones para la institución.

- ¿Qué problemáticas debe afrontar un dirigente hoy en día?

JLP: - Muchas. Sobre todo desde el punto de vista económico. Los presupuestos se han inflado muchísimo por dos motivos inevitables: el dólar ha perdido valor y la venta de jugadores es el único recurso genuino que puede sustentar el presupuesto de la institución. Las ventas se hacen en dólares y el presupuesto es en pesos. Hoy los jugadores tienen un salario mínimo de $26.000 y si bien juegan once, hay que bancar unos treinta contratos y proteger a los juveniles porque si no quedan libres al cumplir dieciocho años y se los llevan los empresarios: otro de los grandes problemas que enfrenta el fútbol. La presencia de agentes que seducen a los chicos y a sus padres con dádivas que son buen anzuelo para gente mal informada o con necesidades económicas. Muchas veces el club es responsable de no bloquear eficientemente esa influencia. A veces no le damos a los chicos lo mínimo e indispensable. Ya sea buenos vestuarios, asistencia médica, buena indumentaria o canchas aptas para jugar. Liverpool en eso tiene muy claras las cosas y a la fecha no ha perdido ningún jugador valioso a manos de algún contratista. Los jugadores son personas. No puedo aceptar la expresión “me robaron un jugador”. Yo puedo robar un objeto o dinero, pero no puedo robar una persona. Yo no puedo evitar que haya empresarios, pero sí puedo lograr que haya jugadores fieles al club. Capaz que alguna vez nos toca, pero va a ser la excepción.

- ¿Cuál cree que es la solución?

JLP: - Yo me preocupo por Liverpool. Por el fútbol uruguayo que se preocupen los dirigentes del fútbol uruguayo. Por eso nunca quise ocupar un cargo fuera de Liverpool. Mi única preocupación es el club. Capaz que si el fútbol uruguayo está muy bien, Liverpool también lo esté. Esto es una carrera en la que la meta, para el club, es estar en un campeonato internacional. Es casi una obligación y este año es un año de frustraciones porque estamos prácticamente afuera. El fútbol tiene esas connotaciones irracionales de que instituciones con muy poco presupuesto logran mejores resultados que otras. Liverpool invierte US$ 60.000 mensuales en juveniles y hay instituciones que invierten más.

- ¿Se siente respaldado por los demás clubes en esta postura que adopta?

JLP: - Eso no me preocupa. Yo estoy para dirigir a Liverpool. No preciso del respaldo ni lo busco. El respaldo que busco es el de los asociados, de los empleados, de los jugadores y los hinchas.

- ¿Siente ese apoyo?

JLP: - Absolutamente. Incluso a veces hasta me hace sentir mal tanto respaldo. Me da vergüenza que en la cancha le pidan al técnico la renuncia y no me pidan a mí que lo despida si en definitiva fui yo quien lo trajo.

- ¿Es injusto que ese respaldo se valore a partir de los resultados deportivos?

JLP: - Es que al hincha le importa más una buena posición en la tabla que un buen balance. Esto es una fotografía de la realidad. Por algo Peñarol y Nacional fueron de cien años, noventa campeones ellos. Pasa lo mismo en Italia, España, Inglaterra y en todo el mundo. Dos más dos no es cuatro en el fútbol, pero tampoco es ocho. Será cuatro y medio. Pero, sin duda que no es ocho.

- ¿Cómo ve al periodismo deportivo?

JLP: - No lo juzgo porque no lo sigo. Sí entro a los portales en internet para ver las noticias. No tengo tiempo para escucharlos. Creo que es un mundo en el cual si uno entra es difícil salir. Una expresión, una opinión puede afectar nuestra persona y si no lo escuchamos es como que no nos llega, y si lo escuchamos tenemos que salir a contrarrestar. Se genera un contrapunto de muchos días que consume muchas horas de mí día. En fin, horas perdidas.

- ¿Ve como una carga tener que lidiar con la dirigencia y su empresa?

JLP: - No. Es un cable a tierra. Vivo para mi trabajo, mi familia y Liverpool. El club es la parte lúdica que me permite conectarme con ese mundo maravilloso de las pasiones. Nunca entré a Belvedere con el ánimo caído. Me gusta ver a la gente, las banderas y vivir los goles. Me gusta ver cómo los hinchas viven los goles.

- ¿A quién recurre cuando tiene que tomar decisiones importantes?

JLP: - A la almohada. Es la mejor consejera. Soy muy individualista, pero eso no es una traición a mis compañeros. Cuando en el 2000 me fueron a buscar, si bien era hincha no tenía ningún pasado como dirigente. Lo normal es que quien llega a presidente primero fue directivo o delegado en la AUF –Asociación Uruguaya de Fútbol–. Yo nunca había venido a votar. La primera vez que voté fue a mí mismo. Cuando me fueron a buscar, Liverpool atravesaba un momento muy especial porque había descendido y tenía enormes dificultades para empezar el campeonato en la B por deudas contraídas con técnicos y jugadores. Yo planteé que la única forma de acercarme al club era si se aceptaba mi manera de ser, que es ésta, ser individualista. Desde el primer día las cosas fueron así y hasta el último día van a ser de la misma manera.    
07/05/13

4.8.13

GARO ARAKELIÁN

Crónica de una separación ¿anunciada?

Foto: ladiaria.com.uy
''‘Nunca trabajé vinculado a la música y nunca quise’": una frase extraña de escuchar en un músico.

Con los pies sobre la tierra, Garo Arakelián –guitarrista de La Trampa–, confiesa la dificultad de un posible retorno de la banda que marcó al rock n´ roll uruguayo en la última década. "Hace dos años que estamos parados y estoy componiendo, independientemente de pensar en volver con la banda".

Entre anécdotas y desahogos, Arakelián admite que su generación tuvo una oportunidad única: "estar parada en el momento que terminó la dictadura y empezó la democracia; desde el punto de vista artístico, tenía un rol histórico para desarrollar y, sin embargo, es una generación que se quedó en la nada".

La entrevista prosigue y comenta los inicios. "Antes, tener una banda era inadmisible, a nadie se le ocurría, a no ser que fuera en broma. La primera vez que sentí la posibilidad real fue ante Traidores, el primer contacto directo que tuve con la música".

Lejos de todo acto de magnificencia o relato casi mítico de por qué la guitarra llegó a sus manos, explica que "era el instrumento más popular, el más barato, el que más se enseñaba y el que estaba relacionado con la música popular". No en vano destaca a Astor Piazzolla, Alfredo Zitarrosa y Gastón Ciarlo, como figuras influyentes.

La banda se formó en 1991 en Facultad de Arquitectura. "Los primeros integrantes –Sergio Schellemberg, Martín Rosas, Nicolás Rodríguez y Gabriel Francia– nos conocíamos del liceo 10. Entramos a Facultad de Arquitectura y ahí fue que pensamos en la idea de tener una banda". Agrega: "antes de La Trampa tuve pequeños eventos para el olvido, pero puedo decir que fue el único proyecto importante".


En Garo Arakelián conviven dos facetas relacionadas con el arte: la música y el diseño gráfico. Sin embargo, enfatiza: "a la música nunca me dediqué". "Tocar en ese momento era tocar con tres instrumentos de mala calidad y hacías lo mejor que podías. No sabías cómo era sonar bien porque no había un mundo que te hiciera ver que lo que tocabas era espantoso, más que nada estaban las ganas. La banda significaba alejarse de las reglas de la familia, del trabajo, era una pandilla alejada del mundo. Era otro mundo, lejos del jefe, la estructura del trabajo y el horario. Aunque no suene comprometido con el arte, la razón por la que me fascinó tener una banda era esa: tener una parte de la semana en donde las reglas las ponía yo".

"Siempre fue muy magro lo que se ofrecía por dedicarte a la música. Hubo períodos muy cortos en los que la música funcionó económicamente, pero sabía que era algo que iba a durar poco; igualmente siempre necesité un trabajo porque fui independiente". Arakelián explica que la música y el diseño gráfico no compitieron entre sí porque cuando La Trampa se inició, él ya tenía un trabajo. "Vi lo que le pasó a la gente que decidió vivir de la música, gente muy inteligente, pero que se emperró en vivir de la música y sufrió el estar inmerso en algo que la lógica te indica que no funciona: si la gente no te quiere escuchar no le podés echar la culpa a nadie y si la gente no te escucha, no podés vivir de la música".
lustra su punto con una anécdota que resume la indefinición que por momentos lo abatió.

"Me acuerdo del día que nos fuimos de viaje con mi esposa y tuve que sacar el pasaporte. Cuando tuve que decir a qué me dedicaba quise poner ‘músico’ porque yo no daba con la vida de un músico. La música es algo a lo que le dedico gran parte de mi tiempo que no es curricular, porque el tiempo invertido en hacer una canción no tiene horario ni una devolución inmediata".

Repasa lo vivido y descubre –con un tono casi temeroso– que con La Trampa "pasaron cosas que antes no pasaban". "Si bien no se acerca ni un poco a lo que uno puede leer en biografías de artistas referentes y al ‘‘sexo, drogas y rock n´ roll’’, hubo mucho descontrol en determinadas situaciones, viajábamos muchísimo y eran cosas difíciles de dominar", confiesa. "Tal vez suene moral, pero es una intuición, temía que todas esas situaciones terminaran afectando el proyecto".

Por un momento parece que Garo elaborara la autopsia de una banda imposible de revivir. "La mayoría de nosotros no estábamos preparados para algunas cosas, y como digo yo ‘el perro que ya mordió, nunca más es el mismo perro’, entonces cuando tenés una banda durante muchos años a la que no le pasa nada y de repente la policía te tiene que sacar porque las minas te quieren sacar la ropa, aunque parezca absurdo, pasa, y ya nada es lo mismo".  

Habla de cómo sobrellevó la rutina de la banda y la familia. "Tiene un precio altísimo. Hay que ser muy inteligente para que no te afecte, yo no fui tan inteligente y desatendí algunas cosas. Uno ve con mucha claridad la vida de los demás". Sentencia sin titubear: "no me arrepiento porque todo lo que sucedió lo manejé con dignidad".

Cuando habla de un posible retorno de La Trampa tiene el panorama bien claro. Volver a juntarse "depende de una simultaneidad de eventos", se ríe. "Depende de cuántas cosas tenés que explicarte frente a tus compañeros para saber si estás hablando de lo mismo.
Llega un momento en que hay preguntas que no se pueden contestar. Tiene que haber una razón que sea como el efecto doppler de lo que pasó, tiene que haber suficiente memoria de cómo se hicieron las cosas, pero si tenés que explicar todo no funciona. No considero mi relación con la banda como una relación de pareja, pero sí comparten el mismo grado de dificultad".

Algo así como un personaje que encarna lo opuesto a la estrella del rock, una especie de celebridad criolla anti-rock, Arakelián hizo un breve relato que dejó entrever certezas e incertidumbres respecto al pasado logrando conjugar el presente y el futuro.


Publicado en In situ
02/04/12